En momentos en que se hacen permanentes llamados y recomendaciones acerca del cuidado y protección de la nuestra población, al parecer hay un sector que como ya es costumbre se resiste a alinearse y sumar a esta cruzada nacional. Pareciera ser que durante estos últimos meses nos hemos mal-acostumbrado al actuar y hablar de personas que detentan cargos de responsabilidad política, social o gremial, incorporando este panorama como parte de nuestro paisaje cotidiano.

Ejemplos sobre el particular abundan, en un repertorio tan amplio que por momentos supera la realidad. Si a la fecha y con regularidad nos veíamos sorprendidos por las declaraciones y fraseología de ciertos sectores políticos acerca del mal llamado “estallido social”, se fueron sumando a la retórica declaraciones hilarantes que empezaban a configurar el camino forzoso a un proceso constituyente.

Nos acostumbramos a ser testigos impávidos de posturas decididamente obstruccionistas en el Congreso Nacional, al actuar impune de ciertos grupos y actores políticos sintonizados en “modo” acusación constitucional e interpelaciones, y al silencio cómplice de quienes fueron incapaces de condenar la violencia que era ya parte de nuestra cotidianidad.

Anticipada por una cobertura mediática de magnitudes planetarias, la pandemia de COVID -19, amenazaba con desembarcar tarde o temprano en nuestro país. Los de siempre, tuvieron tiempo suficiente para sacar sus cuentas y planificar cómo “capitalizar” en su favor esta grave crisis de salud pública. Por otro lado, el Gobierno planificaba y extremaba todo el arsenal de medidas sanitarias que iban desde decretar la suspensión de clases, control de fronteras, medidas extraordinarias en centros asistenciales, trasporte público, eventos masivos, plan económico de emergencia, entre otras tantas medidas, hasta llegar a decretar Estado de Excepción Constitucional (estado de catástrofe), cordones sanitarios y toque de queda.

Las primeras arremetidas de la infección tocaban nuestra puerta y ponían en alerta a una población que en su gran mayoría comprendía la magnitud de esta emergencia, sumándose a ello la labor de los medios de comunicación, la de los distintos niveles de la red asistencial de salud, las fuerzas de orden y seguridad y todos aquellos actores públicos y privados que contribuyen en mayor o menor medida a ser parte de la solución de esta crisis sanitaria.

Al parecer por primera vez y después de meses oscuros, nuestro país lograba ponerse de acuerdo y enfrentar como un todo cohesionado el tremendo desafío de velar por la salud y la vida de cada compatriota; atrás parecieron ir quedando las disputas y confrontación ideológica inconducente, para dar paso a discusiones con auténtico sentido de realismo.

Desgraciadamente nos equivocamos, pues junto con el correr vertiginoso del avance de los contagios, se vuelve activar el virus de la incontinencia verbal que al parecer afecta a políticos y dirigentes de un sector que nos ha acostumbrado con su retórica a hacer responsables de todos los males pasados, presentes y futuros a la autoridad de turno.

Toda persona en el ejercicio de su libertad tiene el derecho de emitir sus opiniones, pero siempre con el imperativo ético de hacerlas teniendo a la vista al bien común, en orden a dar buen ejemplo a la sociedad. Innegable es el papel de autoridades y representante políticos o gremiales, pues entendemos que de ellos esperamos un auténtico liderazgo el cual debiese ser dirigido por acciones y expresiones concretas de sabiduría, prudencia y responsabilidad.  

Las públicas declaraciones del Diputado Daniel Núñez, o en el peor de los casos medidas adoptadas por del edil de la Comuna de Coquimbo Marcelo Pereira, no hacen más que confirmar una torcida regla de la búsqueda de aprovechamiento y oportunismo político a costa de lograr pequeños triunfos y satisfacer gustos personales, cargadas de falta de generosidad que hoy la inmensa mayoría de los chilenos condena y repudia.  

Más que nunca necesitamos dejar en cuarentena permanente aquellas conductas virulentas que tienen por fin último defender posiciones e intereses personales o particulares que no contribuyen al bien común del país o la región, que no tienen otro propósito que dañar a quien se considera adversario ideológico. Desgraciadamente ejemplos en esta línea comienzan a abundar, aprovechándose de los altos raiting, micrófonos y cámaras que hoy centran mediáticamente su atención en esta pandemia.

Necesitamos sanar el alma del país a partir de un lenguaje que le de sentido y valor a la palabra solidaridad, respeto, amor, humildad y sentido de servicio. Estamos todos en el mismo barco, somos parte de un todo y de una realidad que hoy nos abofetea en la cara demostrándonos lo frágil y vulnerable que somos. Recordemos que la historia de nuestro país es elocuente maestra en esta materia.

Autor

Imagen de Christian Aguilera

Licenciado en Turismo de la ULS, con estudios de post-grado en Sistemas de Gestión de Calidad (UTFSM) y Gestión de Emprendimiento (UDP), Candidato a Magister en Educación. Desarrollando actualmente estudios y asesorías públicas y privadas.

 

 

 

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